El pan que marcó a Chiquinquirá: las voces de los sobrevivientes que aún recuerdan la tragedia de 1967
- María José Mora rodriguez
- hace 3 días
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A 18 meses de cumplirse seis décadas de la tragedia del pan envenenado en Chiquinquirá, los recuerdos siguen vivos en quienes lograron sobrevivir. Entre vómitos, desmayos, hospitales colapsados y familias enteras destruidas, cuatro sobrevivientes reconstruyen uno de los episodios más dolorosos en la historia del municipio y el país, una tragedia que con el paso del tiempo muchos comenzaron a olvidar.

Ya casi se completan 60 años desde la tragedia del pan envenenado en Chiquinquirá; todavía hay quienes recuerdan ese 25 de noviembre de 1967 como si hubiera sido ayer. Aunque con el tiempo la historia se fue perdiendo entre nuevas generaciones, cuatro sobrevivientes siguen cargando en su memoria imágenes que nunca desaparecieron: niños muriendo en los corredores del hospital, familias enteras destruidas y una ciudad en pánico.
Los testimonios de Raúl Pinzón, Inés Ortegón, Román Mercado y Alfonso Marino no hablan solamente de un hecho histórico. Hablan desde la pérdida, desde el trauma de haber sobrevivido mientras hermanos, vecinos y amigos murieron después de consumir pan envenenado que provenía de la panadería Nutibara.
Raúl Pinzón recuerda que esa mañana comenzó como cualquier otra. Había clausuras escolares y el pueblo seguía con normalidad, hasta que empezaron los gritos en las calles. “La gente comenzó a gritar, auxilio, socorro,la gente se estaba desmayando”, cuenta. Su propio hermano empezó a sudar, a perder estabilidad y a salivar de forma exagerada. En el hospital nadie entendía qué estaba ocurriendo. “Los médicos no sabían qué era ,y comenzó a fallecer la población infantil”, dijo Pinzón.
En medio de la desesperación, las personas intentaban salvar vidas con remedios improvisados. Raúl recuerda que les daban “agua con carbón molido y huevos”, además de cebolla larga para inducir el vómito. Mientras tanto, el pueblo entero rumoreaba que el agua estaba contaminada, que había una bomba o que el aire estaba envenenado.
Para Inés Ortegón, otro de los sobrevivientes, el dolor fue todavía más personal. De once hermanos, perdió a 3 ese mismo día. Recuerda que su madre llevó primero a un hermano al hospital pensando que era polio, pero “llegó prácticamente muerto”. Después llegó otra hermana y también cayó inconsciente. “Entonces esos dos niños fueron los primeros que murieron”, relata.
La imagen más fuerte que conserva ocurrió cuando vio entrar a uno de sus hermanos siendo arrastrado por dos hombres. “Los pies para atrás, los brazos hacia atrás, los ojos por fuera”, dice. Después de tantos años asegura que esa escena “no se borra” de su mente , y que la recuerda como si fuera ayer.
Ella misma terminó intoxicada. Recuerda que salió a buscar atropina con otra hermana, porque en el hospital pedían desesperadamente medicamentos. Minutos después, ambas perdieron el conocimiento. “A ella la cogieron para allá, a mí me cogieron para acá, y caímos”, cuenta. Cuando despertó, horas más tarde, le dieron la noticia de que otro de sus hermanos había muerto.
Uno de los relatos más dolorosos de Inés ocurre durante la madrugada, cuando uno de sus hermanos intoxicados gritaba inconsciente: “No me dejen morir, no me dejen morir”. Según ella, las secuelas físicas nunca desaparecieron completamente y todavía hoy varios sobrevivientes sufren problemas digestivos y otras afectaciones.
Román Mercado recuerda el impacto que tuvo la tragedia en una ciudad pequeña donde todos se conocían. “Toda la cuadra,nos conocíamos todos”, dice. Para él, el dolor más grande fue ver morir a los niños con quienes jugaba fútbol en la calle. “Esos chinos murieron, cinco chinos de los Guzmán”.
El testimonio de Alfonso Marino también refleja el caos que se vivió dentro del hospital. Cuando llegó, siendo apenas un niño, recuerda haber visto “vómito, materia fecal” y cuerpos tirados en el piso. Además de los remedios caseros para inducir el vómito, los médicos intentaban atender a cientos de pacientes al mismo tiempo.
Marino también terminó intoxicado. Recuerda la escena de él acostado en una cama sin colchón, mientras las enfermeras marcaban a los pacientes con una raya después de cada inyección para no repetir los medicamentos en medio del desorden.
A pesar de que el tiempo pasó y muchas familias abandonaron Chiquinquirá por el dolor, los sobrevivientes coinciden en algo: la tragedia se fue olvidando. Raúl Pinzón asegura que después de algunos años comenzó el olvido. Hoy, cuando se acercan los 60 años de la tragedia, quedan pocos sobrevivientes capaces de contar lo que ocurrió realmente.
Sus testimonios no solo reconstruyen uno de los episodios más dolorosos de la historia de Chiquinquirá. También recuerdan que detrás de las cifras hubo familias enteras destruidas, niños que nunca crecieron y sobrevivientes que todavía cargan con imágenes imposibles de borrar.



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